Soy ingeniero de Caminos. Me gano la vida haciendo carreteras y
puentes, y se me da bien. Así que cuando empecé a invertir hice lo que
parece de sentido común: fiarme del experto.
El del banco trabaja en banca, ¿no? Pues sabrá más que yo. Yo soy
bueno en lo mío, él será bueno en lo suyo. Me fié de sus consejos y de
los de unos cuantos “expertos” más.
En 2008 lo perdí casi todo.
Tardé en entender lo que había pasado de verdad: aquel señor no era
malo en su trabajo. Era buenísimo. Lo que pasa es que su trabajo nunca
fue hacerme ganar dinero a mí, era colocarme los productos que le
interesaban al banco. Y yo, como un pringado, firmé sin entender la
mitad de lo que firmaba.
Lo peor no fue el dinero. Fue sentirme idiota por haber puesto mi
futuro en manos de alguien que ni me conocía.
Ese día decidí que no volvería a tomar ni una sola decisión por la
opinión de nadie. Pasé miles de horas programando, analizando datos y
haciendo backtests hasta construir mi propio sistema: uno que no
depende de que yo acierte ni de que nadie me aconseje, sino de reglas
y datos. Y como me pasaba el día en la obra, sin poder mirar el móvil,
lo diseñé para funcionar en menos de una hora al mes.
Desde 2016 se lo enseño a gente normal: a los que no tienen tiempo, no
quieren vivir pegados a una pantalla y no piensan volver a fiarse del
de turno.
Aquí no vas a encontrar predicciones ni pelotazos. Vas a encontrar
sistemas. Es la única forma en la que yo confío mi propio dinero.